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jueves, 20 de agosto de 2015

Emociones dormidas.


Sombras fugitivas.
Sentimientos que escapan
en el silencio de la noche
con la luna como único testigo.

Que te rompen,
te escuecen,
te queman hasta reducirte a cenizas.

Sentimientos
que son como un tiro de sal
directo a la herida.

Que se abren paso a través de tus mejillas
como la primera lágrima
se hunde en tu piel
con el peso de las emociones dormidas.

Aquellas a quienes cantabas una nana
antes de dormir
para que no tiñeran tus sueños
de un gris desolador.

Aquellas que apagas,
al igual que todas las estrellas
que una vez, brillaron para ti.

Aquellas
que murieron silenciadas
sin el calor de una nueva canción.

domingo, 2 de agosto de 2015

Mi motor de hojalata.





Tic... toc...

El tiempo sigue corriendo.
Siempre en tu contra.
Siempre en mi contra.

Alguien robó la manecilla que daba las horas
y ahora nunca sabré el momento exacto
en el que, para mí, se detuvo el tiempo.

Tic, toc.

Algo suena en mi interior.
Algo que no puedo distinguir.
Algo que fui recomponiendo
con las piezas perdidas del reloj.

Robándole segundos a la vida
que con cada vuelta de tuerca
ajustaba los latidos
de mi maltrecho corazón de hojalata.

Tic toc.

Acelera.
Y yo sigo girando la llave,
dando cuerda a las horas muertas.

Ese viejo reloj perdió la cabeza
mucho antes que yo.

TIC TOC.

Mi pecho se mueve
al compás de ese oxidado diapasón.

TIC...

La maraña de tornillos, tuercas y engranajes
que guardé en él
comienzan a bailar.

TOC.

Silencio.
Como la calma
que precede a la tormenta.

CRAK.

Algo estalla.
No hay humo, ni restos del accidente.
No hay heridos, ni cuerpos en las aceras.
No quedan supervivientes.

La bomba de relojería
que escondía bajo mi piel
se disparó.

El viejo reloj se para.

Ya no hay horas que robar
ni piezas que salvar.

El segundero voló
hasta el ojo del huracán.
Y allí se clavo
dejando tras de sí
un hilillo carmesí
que buscaba refugio en mi ombligo.

Quién iba a pensar
que bajo esa capa de piel y metal
habría vida.
Un corazón de verdad.

Pero allí estaba
escondido bajo los restos del que fue
mi motor de hojalata.

Pum...

Se levanta, malherido.

Pum... pum... tiene ganas de luchar.
Pum, pum... está cansado de ser
tan solo un cobarde más.
Pum pum, por su amigo de metal.
PUM PUM, por él.

PUM PUM.
Por mí.